En 2018, Gloria y Delfina Calduch, nietas de Vicente Calduch Solsona, compartieron con revista POBLE sus recuerdos familiares sobre los orígenes de la Suavina, uno de los productos más emblemáticos nacidos en Vila -real. Sus testimonios permiten reconstruir la historia de una saga de farmacéuticos cuyo legado ha llegado hasta nuestros días
Vicente Calduch fue quien ideó, a finales del siglo XIX, un bálsamo destinado a aliviar los problemas que el frío provocaba en la piel y las mucosas de los trabajadores del campo. Lo que comenzó como un remedio local acabaría convirtiéndose en una marca conocida mucho más allá de Vila -real. Su hijo José Calduch Almela dio un paso decisivo para su expansión al patentar la Suavina en 1926 y continuar la actividad desde la histórica farmacia del carrer Major. Allí, según recordaba la familia, la vida cotidiana de la ciudad pasaba constantemente por la botica.
Gloria definía aquella farmacia y vivienda familiar como una casa «alegre», siempre abierta a vecinos, médicos y amigos. Era un lugar de encuentro donde se formaban tertulias, se compartían conversaciones y donde incluso muchos vila-realenses acudían a utilizar el teléfono cuando todavía era un privilegio al alcance de muy pocos hogares.

hacia finales del siglo XIX.


Delfina Calduch y Gloria Calduch.

Calduch Arrufat, Gloria Calduch
Arrufat y José Calduch Almela.


Montesinos y Alfredo Escrig.

frente de la farmacia alrededor de la primera mitad
de los 50.
La elaboración de la Suavina era completamente artesanal. «Alfredo y Salvador se alternaban para remover con una gran maza aquel compuesto que después se envasaba en el mostrador de la farmacia», recordaba Gloria Calduch. Además del famoso bálsamo, en la farmacia se preparaban otros compuestos, polvos para bebés e incluso una crema que llegó a ser muy apreciada por los ciclistas de la época.
La evolución del producto también dejó algunas anécdotas curiosas. Durante un tiempo se comercializó en tubo metálico, aunque aquella presentación tuvo una vida muy breve porque, como explicaba Gloria con una sonrisa, «era más costoso el tubo que la Suavina». Después llegarían las cajas de madera, las metálicas y finalmente el plástico, incorporado en 1965.
La Guerra Civil supuso uno de los momentos más difíciles para la familia. Una bomba cayó sobre la rebotica y destruyó por completo las instalaciones, obligando a los Calduch Arrufat a empezar de nuevo. A pesar de las dificultades, lograron reconstruir su vida y su negocio, dejando atrás unos años de los que apenas hablaban con sus hijas.

José Calduch Almela destacó también por sus numerosas inquietudes. Fue fundador y primer presidente del Villarreal CF, aficionado a la fotografía y apasionado de la electrónica. Delfina recordaba que «él compró los terrenos donde se construyó El Madrigal», mientras Gloria evocaba una de las bromas que más repetía su padre sobre aquellos primeros tiempos del club: «Aquello era un lugar lleno de rocas y mi padre bromeaba con que el entrenamiento de los jugadores era apartar las piedras».
Su curiosidad le llevó a interesarse por todo tipo de avances técnicos. La compañía Philips llegó incluso a fijarse en él, aunque finalmente la familia descartó trasladarse a Holanda. Años después, Delfina resumía la personalidad de su padre con una frase sencilla pero reveladora: «Mi padre era un sabio, tenía interés y conocimientos de muchas cosas».
Actualmente, la Suavina continúa fabricándose en Castellón de la mano de las nuevas generaciones de la familia Calduch. Más de un siglo después de su creación, sigue siendo uno de los ejemplos más reconocibles de cómo un pequeño remedio concebido para aliviar las inclemencias del trabajo en el campo acabó convirtiéndose en una marca histórica ligada para siempre al nombre de Vila -real.
Artículo publicado originalmente en el nº 248 de revista POBLE; marzo 2018





