ESPACIO ABIERTO
Por Mn. Javier Aparici Renau
En los últimos años, Vila -real ha dado pasos importantes para dinamizar su vida social, cultural y económica. Nadie puede negar que una ciudad con actividad, con gente en la calle, con bares y encuentros, es una ciudad viva. Y eso es bueno. Muy bueno. Pero quizá ha llegado el momento de hacernos una pregunta sincera: ¿estamos sabiendo conjugar esa vida con el descanso y el respeto que todos merecemos y necesitamos?
Porque cada vez son más los vecinos -y no hablo de casos aislados- que, especialmente los fines de semana, ven seriamente afectada su calidad de vida. El fenómeno de los “tardeos”, la música elevada, las concentraciones en la vía pública o en locales sin el debido control acústico, están generando un problema real, que no es solo una molestia pasajera, sino una cuestión de salud, de convivencia y de dignidad.
No es una percepción subjetiva. La legislación y las ordenanzas municipales son claras: el ruido tiene límites, especialmente por la noche, cuando el descanso debe ser protegido de manera especial. Además, las normativas establecen que las actividades deben evitar perturbar el descanso nocturno, especialmente entre las 22:00 y las 8:00 horas.
Lo que sucede en Vila -real no es un caso aislado. En ciudades como Valencia, barrios enteros han tenido que ser declarados “zonas acústicamente saturadas” debido al exceso de ruido, con vecinos que denuncian que “no se puede dormir ni abrir las ventanas”. Incluso los tribunales han llegado a reconocer que el ruido excesivo puede vulnerar derechos fundamentales, obligando a las administraciones a actuar.
No se trata de ir contra nadie. No se trata de demonizar la hostelería, ni de frenar la actividad económica, ni de apagar la vida de nuestra ciudad. Todo lo contrario: se trata de hacerla verdaderamente humana. En los últimos años, además, se han dado pasos importantes, como la peatonalización de algunas calles, pensadas precisamente para poner a la persona en el centro. Sin embargo, cuando el ruido invade esos espacios, corremos el riesgo de despersonalizarlos, de convertirlos en lugares donde ya no se puede vivir con normalidad. Porque una ciudad no es solo un lugar para el ocio; es, ante todo, un espacio para vivir. Y vivir implica también poder descansar, cuidar la salud, educar a los hijos y atender a los mayores.
Quizá el problema no está en que haya actividad, sino en que falta equilibrio. Cuando el derecho legítimo al ocio se impone sobre el derecho igualmente legítimo al descanso, algo no funciona. Y cuando esa situación se prolonga en el tiempo sin soluciones eficaces, el problema deja de ser anecdótico para convertirse en estructural.
Hay, además, un aspecto que no podemos ignorar. Muchos de quienes toman decisiones no sufren directamente estas consecuencias. Viven en zonas más tranquilas, alejadas del bullicio del centro. No es una acusación, pero sí una constatación que debería hacernos reflexionar. Gobernar es también ponerse en la piel de todos, especialmente de quienes no tienen voz o ven que sus quejas no encuentran respuesta.
Como sacerdote, tengo la oportunidad de escuchar a muchas personas, y puedo asegurar que el malestar es creciente. No se trata de una cuestión ideológica ni política, sino profundamente humana. Personas mayores que no pueden dormir, personas enfermas que sufren, familias con niños pequeños que ven alterado su ritmo, trabajadores que necesitan descansar para cumplir con sus responsabilidades… No podemos mirar hacia otro lado.
No queremos que a nuestra ciudad se la conozca por el eslogan “ Vila -real, ciudad del ruido”. Porque todos sabemos que esa no es la ciudad que queremos. Vila -real ha sido siempre una ciudad acogedora, familiar, equilibrada. Una ciudad donde la convivencia es un valor real, no solo una palabra bonita.
Por eso es necesario abrir un diálogo sereno entre vecinos, hosteleros y administración. Es necesario aplicar con rigor las normativas existentes, que no son pocas. Es necesario revisar licencias, horarios, control acústico, ocupación del espacio público. Y, sobre todo, es necesario recuperar el sentido común.
Una ciudad verdaderamente moderna no es la que más ruido genera, sino la que mejor sabe armonizar la vida de todos. La que protege a los más vulnerables. La que entiende que el progreso no puede construirse a costa del bienestar de sus propios vecinos.
Porque Vila -real merece seguir siendo una ciudad viva, sí… pero también una ciudad habitable. Una ciudad donde la alegría no ahogue el descanso. Donde la convivencia no sea una palabra vacía, sino una realidad cotidiana.
Y eso, en gran medida, depende de todos.
Publicado originalmente en el número 339 de revista POBLE, junio de 2026.






