Guillermo Rodríguez , Premi POBLE 2018, relata a los lectores de revistapoble.net la fascinante historia del descubrimiento de la bacteria Legionella y cómo las casualidades, la perseverancia y el entusiasmo de un hombre por encontrar la verdad terminaron por arrojar luz sobre el misterio que envolvía las extrañas muertes que se sucedieron en 1976 en el hotel Bellevue-Stratford de Filadelfia
La bacteria que llegó con el vapor: crónica de un descubrimiento inesperado
1. El verano en que Filadelfia escuchó pasos invisibles
Muchos años después, frente a la lente de su microscopio solitario, el doctor Joseph McDade habría de recordar aquella tarde remota de 1976 en que un grupo de veteranos de guerra descubrió que la muerte no siempre llega con el estruendo de los cañones, sino con el susurro invisible del vapor. En aquel tiempo, a este microbiólogo que se consideraba a sí mismo un simple “soldado raso” en las trincheras del Centro para el Control de Enfermedades (CDC) debió parecerle que el mundo sucumbía ante un enemigo sin rostro y sin nombre.
En el verano de 1976, Filadelfia era una ciudad alucinada por el estrépito de su propio bicentenario. Mientras el mundo celebraba la libertad con banderas y desfiles, en las entrañas del hotel Bellevue-Stratford —esa “Gran Dama de Broad Street” que Georg Karl Boldt había erigido con la soberbia de un palacio prusiano— se gestaba una tragedia. La muerte se paseaba con una discreción espantosa por aquellas escaleras elípticas de mármol.
2. Veteranos sin guerra y una neumonía sin nombre
La tragedia comenzó con un rumor de fiebres y una tos que no conocía el perdón. Eran hombres curtidos, veteranos de la Legión Americana que habían sobrevivido a las pestes de la guerra solo para encontrarse con una neumonía misteriosa que les arrebataba el aliento en cuestión de días.
El primero fue el capitán Ray Brennan, quien regresó a su casa con una gripe que parecía ordinaria pero que, para el 27 de julio, ya le había cerrado los pulmones para siempre. En apenas veinticuatro horas, el destino se ensañó con seis legionarios más, y pronto los pasillos del hotel se llenaron de un pavor más denso que el calor pegajoso de Pennsylvania.
3. Detectives del aire: el CDC contra un enemigo sin rostro
El doctor David Fraser, un hombre de una paciencia mineral, llegó a la ciudad con un ejército de especialistas del Centro para el Control de Enfermedades (CDC) para desentrañar un rompecabezas que parecía urdido por el azar o por un destino retorcido.
La investigación se convirtió en un ejercicio de detectivismo epidemiológico febril. Se interrogaron a miles de personas sobre lo que comían, lo que bebían y hasta los cigarrillos que fumaban en los salones alfombrados. Steve Thacker, el guardián de la “lista de pistas”, se aseguraba de que ningún síntoma quedara fuera del gran mapa de la desgracia. Sin embargo, la ciencia parecía chocar con un muro de silencio: los cultivos eran negativos, las hipótesis sobre el alcohol o la comida se desvanecían y florecían las teorías conspirativas. Se habló de conspiraciones comunistas, de venenos traídos por naves espaciales y de hechizos químicos urdidos por farmacéuticas, mientras el Bellevue se vaciaba como un barco fantasma hasta quedar con solo tres huéspedes que deambulaban por salones donde la soledad pesaba más que la historia. Cohabitaban solo con el miedo espeso y el eco de los pasos de los investigadores que se alojaron en el hotel, antaño orgullo de Filadelfia.
4. McDade y el silencio de los cultivos
Entró en escena el doctor Joseph McDade, que trabajaba en la rama de Lepra y Rickettsia. Su misión específica en la investigación del brote de Filadelfia no era encontrar un nuevo agente, sino descartar la Fiebre Q. Inoculó cobayas con tejido pulmonar de los pacientes. Aunque los animales desarrollaron fiebres muy altas rápidamente (en 2-3 días, mucho antes de lo habitual para la Fiebre Q), los resultados iniciales fueron confusos. Las pruebas serológicas para Fiebre Q fueron negativas y no creció nada en los huevos embrionarios (donde se usan antibióticos para evitar contaminaciones) ni en los medios de cultivo estándar.
Los tubos de ensayo devolvieron un silencio absoluto. Nada creció en los huevos embrionarios protegidos con antibióticos, y en las placas de cultivo solo se asomaban unos bacilos tímidos que McDade, en un rapto de resignación, juzgó como simple flora normal del aliento humano.
La ciencia, en su arrogancia de fórmulas y aparatos, se perdió en un laberinto de conjeturas. Tras tres semanas de asedio científico, los hombres del CDC regresaron a Atlanta con las manos vacías y el peso de 34 muertes sobre sus hombros.
Pasaron 6 meses, y McDade no tenía buenas noticias.
5. La revelación en la noche de Navidad
Pero el destino, que suele ser circular, aguardaba a Joseph McDade en una fiesta de Navidad el 28 de diciembre. McDade relata que un invitado, al enterarse de su trabajo, arremetió contra los científicos del CDC llamándolos «raros» y criticando su incapacidad para resolver el caso: «Hay algo ahí fuera matando gente… y es realmente aterrador».
Allí, entre copas de licor y reproches, McDade sintió la punzada del orgullo herido. Entre el humo de los cigarros y el hielo de los vasos, el invitado cuyo nombre se llevó el olvido puso a McDade delante del espanto de que algo anduviera matando gente sin que nadie supiera su nombre.
McDade huyó del bullicio de una celebración a la que ya no quería asistir y se refugió en el silencio y la soledad de su laboratorio, donde los teléfonos habían dejado de sonar. Impulsado por el coraje que da la incomprensión, McDade buscó en una caja de madera y volvió a mirar al microscopio las muestras que todos habían descartado, a punto de ser archivadas en el olvido. No buscaba la gloria, sino la redención de una duda que lo atormentaba. Y al ajustar la lente, ocurrió el milagro: un campo microscópico que antes parecía vacío se reveló «repleto de bacterias».
6. El rostro rojo de una criatura escondida
Fue entonces cuando la vio. ¿Qué eran esos pequeños bastones teñidos de rojo que se asomaban apenas en el borde de su visión? oculta bajo un disfraz de timidez biológica, agazapada dentro de una célula blanca, una bacteria desconocida devolvía la mirada desde el microscopio.
Cambió el ritual: Decidió inocular de nuevo huevos embrionarios, pero esta vez sin añadir antibióticos. Esta acción permitió que la bacteria creciera, que antes había sido inhibida por la medicación que, paradójicamente, había estado protegiendo al secreto en lugar de revelarlo. La bacteria floreció en largas cadenas, como una estirpe que finalmente aceptaba ser conocida. Para confirmar la identidad del culpable, enfrentó a la bacteria con los sueros de los supervivientes. Bajo la luz de la fluorescencia, las muestras brillaron con un verde intenso, una señal espectral de que el cuerpo humano ya conocía a su enemigo, confirmando la presencia de anticuerpos contra ese organismo específico.

Esa noche, frente a un armario y de pie en círculo, McDade comentaba sus hallazgos con su equipo, y sintió un frío que erizaba el vello de su nuca. Explicaría después, con la parsimonia de quien ha visto la verdad, que se habían perdido en el laberinto porque la bacteria era una criatura exigente: no aceptaba los alimentos comunes, sino un banquete especial de hierro y cisteína. Además, era invisible para los tintes de la época; solo el azar y una tinción rickettsial llamada fucsina fenicada permitieron que el mundo viera de color rojo lo que durante meses fue una transparencia mortal.
El caso se cerró como se cierran las grandes novelas: con la revelación de que el asesino no era un espía ni una toxina ni un espectro, sino un microorganismo que siempre había estado allí, en el propio aliento del hotel, una criatura nueva que había encontrado su reino en sus torres de refrigeración, viajando en minúsculas gotas de aerosol por los conductos del aire acondicionado hasta el pecho de los legionarios, esperando a que McDade, en un momento de compulsión y silencio, se atreviera a mirarla por última vez antes de ponerle nombre.
El 14 de enero de 1977 McDade le dio el nombre Legionella pneumophila, en honor a los fallecidos y en referencia a su afinidad por los pulmones.
7. Legionella pneumophila: el nombre que despertó a los muertos
McDade no solo resolvió el misterio de Filadelfia, sino que despertó a los muertos de 1965 del Hospital St. Elizabeth, cuyas muestras guardadas también brillaron ante el hallazgo; 13 de las 14 muestras dieron positivo para la misma bacteria. Como lo hicieron las de un hotel de Benidorm de 1962.
El Hotel Bellevue-Stratford, derrotado por la infamia, tuvo que cambiar su nombre por el de The Fairmont, en un intento inútil de engañar a los recuerdos, pues ya todos sabían que en sus aguas templadas dormía una criatura que no conoce el perdón.
En 1996, cuando la legionelosis fue finalmente puesta bajo el rigor de la declaración obligatoria, el mundo descubrió que aquella criatura microscópica no era una intrusa, sino una vieja residente de las aguas, tan antigua como los primeros aljibes y tan paciente como la humedad que se aferra a las paredes. Legionella vivía allí, agazapada en los remansos tibios donde la temperatura se volvía cómplice, donde los sedimentos dormían como polvo de siglos y las biocapas tejían su manto silencioso.
Desde esos refugios, la bacteria emprendía su viaje aéreo en forma de aerosol, una migración diminuta que atravesaba patios, calles y respiraderos hasta instalarse en los pulmones humanos, como quien entra sin ser visto en una casa abierta de par en par. Una vez dentro, sabía disfrazarse para burlar a las defensas, y podía provocar desde una fiebre súbita —la llamada Fiebre de Pontiac, tan breve y ardiente como un mal sueño— hasta una neumonía grave que confundía la mente y oscurecía el aliento.
8. La Gran Dama de Broad Street y el huésped implacable del agua
Fuentes ornamentales que cantan al sol, spas donde la gente busca alivio, jacuzzis bulliciosos, piscinas que prometen descanso, torres de refrigeración que respiran sobre las ciudades, sistemas de agua sanitaria, unidades dentales, industrias, hospitales, hoteles, vestuarios… nada escapa al cerco de esa criatura descubierta por McDade hace medio siglo, que parece empeñada en recordarnos que, en el vasto reino del agua, los verdaderos dueños no siempre son visibles.

Tiene incluso su propia legislación, desde hace más de 20 años, que regula su prevención y control obligatorios, hoy actualizada en el Real Decreto 487/2022 y el Real Decreto 614/2024. Y tiene su propia norma UNE, la norma UNE100030, que será actualizada en septiembre de 2026.
Desde el 2 de julio de este año, el Upper East Side de Manhattan vive un verano sitiado por una presencia diminuta y obstinada. En apenas dos semanas, más de cien vecinos han caído bajo el hechizo febril de la legionela, como si el vapor que asciende desde las entrañas de la ciudad hubiera decidido cobrar un tributo silencioso que ya se ha llevado, hasta el momento, la vida de cuatro personas. Setenta y seis edificios —repartidos en tres vecindarios que hasta entonces presumían de una tranquilidad casi aristocrática— han revelado en sus aguas templadas la huella de la bacteria, esa vieja residente que se desliza sin prisa por tuberías y torres, esperando el momento de hacerse notar.
La bacteria descubierta hace 50 años por Joseph McDade, quién aún vive.
Recordar para seguir avanzando.
Guillermo Rodríguez Albalat, Premi Poble 2018 por su intensa labor científica, se ha convertido en el bioquímico más destacado en el ámbito internacional, y un experto a nivel mundial, de la Legionella. Es inventor y desarrollador del primer analizador automático en el mundo capaz de detectar la Legionella. El biólogo vila-realense, especializado en bioquímica, ha revolucionado el método de cultivo tradicional de detección, un tiempo clave para la prevención y control del foco.







