Se llama Pamela. Llegó hace un año y un mes de Argentina. Ni ella ni sus tres hijos han hecho cola estos días para la regularización de migrantes. Desde febrero ya tiene toda la documentación necesaria. En cuanto se habló del proceso extraordinario empezó «a reunir los papeles». Lo hizo bien; Aunque le costó “tiempo y plata”.
Tampoco necesita pruebas de no ser una recién llegada. La escolarización de los niños y su dedicación como voluntaria en Cruz Roja lo acreditan. Sin embargo, con todo a su favor, Pamela teme no conseguir a tiempo esa puerta a un trabajo legal que le frene el desahucio pendiente. «Nuestra vida,… está en pausa», comenta a media voz.
Dos trabajos y tres hijos: una decisión de futuro
En Argentina vivía en la localidad de Concordia, «provincia de Entre Ríos», apunta. Allí trabajaba «como administradora y luego por las tardes como cajera en una carnicería”. “Y en los días festivos hacía peluquería», añade. Cuando le pregunto por qué decidió dar el paso de venir habla de “crisis”, de “inseguridad”. “Una tiene que vivir las cosas. Venir para acá era poder construir un futuro”, cuenta.
En principio tenía la opción de conseguir la ciudadanía italiana pero el idioma, “sobre todo con tres niños que ya iban a vivir un cambio tan grande” la frenó. “En España yo no tenía a nadie pero en conocía a una pareja que llevaban cuatro años viviendo en Burriana y me vine para acá”.
Pamela cuenta que antes de venir y a través de una inmobiliaria alquiló una vivienda para ella y sus tres hijos. “Yo no quería venirme para acá sin tener asegurado un techo digno para mis niños, así que busque y desde Argentina alquilas con pasaporte”, recuerda.
«Nueve meses de alquiler por adelantado para asegurar un techo a mis hijos»
Sin embargo, al llegar, las cosas no fueron como esperaba. “Cuando llegué, al tener solo pasaporte y estar irregular, el casero me pidió nueve meses de alquiler por adelantado. Lo tuve que pagar en efectivo. Nueve mensualidades a 650 euros”.
Fue la primera de muchas dificultades con las que no contaba. Desde entonces únicamente ha podido acceder “a trabajos de limpieza, por horas o cuando me llaman”. Mantener una familia de cuatro miembros, pagando alquiler y con una inestabilidad económica le truncó las esperanzas y los ahorros. “En octubre, se me terminó ya todo el patrimonio que había podido reunir cuando me vine”.
El momento de pedir ayuda
A Pamela aún le cuesta revivir la dureza de cuando tuvo que empezar a contar lo que le pasaba. “Al principio contaba un poquito…, me costó mucho pedir ayuda. Pero me he dado cuenta que es una realidad que hay que visibilizar”.
Cuando se empezó a hablar del proceso de regularización extraordinaria, vio que tendría la posibilidad de conseguir un trabajo digno. “Te vuelven las esperanzas después de la incertidumbre levantarte todos los días y ver cómo construyes tu vida”.
En seguida empezó a reunir toda la documentación que le pudiera hacer falta. “Aunque eso lleva tiempo y plata”, comenta. Cada certificación, apostillada y certificada, enviando los originales desde Argentina y “con un servicio de mensajería que llegue en menos de 30 días”, cuenta que “al cambio, son alrededor de cien euros por certificado”.
Pendiente del tiempo…
En estos momentos, Pamela y sus tres hijos cumplen todos los requisitos para entrar en la regularización. Incluso tiene una abogada de una asociación que está pendiente. Sin embargo, esta mujer que aspira a “poder acceder a un trabajo digno” sigue sin poder dormir por las noches.
“Tenemos un desalojo pendiente por impago. Por nuestra situación, hemos conseguido que no se ejecute hasta agosto, pero…¡no se!”, comenta con voz serena.
Con el calendario en mano y en esta situación, parece que tres meses debería ser tiempo más que suficiente para este trámite. Ella no lo tienen tan claro: “yo hoy mismo puedo entregar todo lo que me pidan, pero todo esto lo va a ver una persona física, se acercan los meses de verano…no veo que para agosto lo tenga…”, lamenta con tristeza.
Confiesa que hay días que se levanta y se siente sola. Pese a todo, se está agradecida. “En todo este camino también di con personas maravillosas que me ayudaron”, cuenta. Ahora, ella misma es voluntaria en Cruz Roja y trata de ayudar a otros en situaciones difíciles. “Escuchas otras historias de vida. Hay que tener fe. Realmente no somos conscientes de la realidad que nos rodea”.
«¡Mis hijos son unos valientes, unos guerreros!»
Cuando le pido si le parece bien enviarme una foto, respetando el anonimato de los menores, hablamos también de sus hijos:
Pregunta: ¿Y tus hijos, cuántos años tienen y qué saben de esta situación en la que estáis?
Respuesta: Mis hijos tienen 14, 12 años, y la pequeña 8. Pero mis hijos lo saben todo. Absolutamente todo. ¡Son unos valientes, unos guerreros!
La voz de Pamela cobra fuerza cuando pronuncia esta última frase.


