Cada 1 de mayo, se celebra el Día Internacional del Trabajador. Es una de las fechas más conocidas del calendario pero su origen es menos conocido y es más impactante de lo que parece.
Todo comienza en el siglo XIX, cuando trabajar entre 12 y 18 horas al día era algo habitual. Su principal reivindicación era clara, reducir el horario a una fórmula que hoy suena casi evidente: «ocho horas de trabajo, ocho de descanso y ocho de ocio».
El 1 de mayo de 1886, miles de trabajadores en Chicago salieron a la calle para exigir precisamente eso: una jornada de ocho horas. Lo que empezó como una huelga pacífica terminó derivando en días de tensión, protestas y violencia. El episodio más crítico tuvo lugar en la plaza de Haymarket, donde una explosión y la represión policial dejaron muertos y heridos. Varios líderes obreros fueron condenados a muerte, convirtiéndose en los llamados «Mártires de Chicago».
A raíz de estos hechos, en 1889, un congreso internacional celebrado en París decidió instaurar el 1 de mayo como jornada de reivindicación obrera en todo el mundo. Así nació una conmemoración que, más de un siglo después, sigue vigente.
Una gran curiosidad es que aunque todo ocurrió en Estados Unidos, allí el Día del Trabajador no se celebra el 1 de mayo. El país optó por trasladarlo a septiembre para desvincular la fecha de su origen más reivindicativo.
Hoy, lo que para muchos es simplemente un festivo tiene detrás una historia de lucha, derechos y cambios sociales que transformaron la forma en la que trabajamos. Porque si hoy la jornada laboral tiene límites, es en gran parte gracias a aquellos que, hace más de 130 años, decidieron salir a la calle para exigirlos.
