Autor: Alejandro Rodríguez Castelló

 

Seguro que cualquier amante del fútbol tiene guardada en algún lugar de su memoria la imagen de Juan Román Riquelme besando el clásico balón ‘Nike Total 90’ a círculos color naranja, conjurándose y relamiéndose antes del momento más importante de su carrera deportiva.

En el fútbol, como en el cine, hay obras que no necesitan tener un final feliz para que pasen a la posteridad, es más, en muchos casos son esos finales trágicos los que conmueven tanto al espectador que provocan una admiración eterna y terminan ganándose un hueco en la historia de sus respectivas categorías. Que se lo pregunten a Vincent Cassel en “El Odio” de Mathieu Kassovitz, o a los más de 10.000 aficionados del Alavés desplazados a Dortmund para presenciar la final de la UEFA de 2001.

Aquella noche del 25 de abril de 2006 se desplegó la alfombra roja en una pequeña ciudad de 46.000 habitantes en la provincia de Castellón que, por un día, se iba a convertir en el epicentro del futbol mundial. El Madrigal albergaba unas semifinales de Champions League entre el equipo local, el Villarreal, y el mítico Arsenal de Arsène Wenger. Sobre el césped inmaculado del estadio, 22 de los mejores artistas que aquella generación de fútbol europeo conocía.

 

LA TEMPORADA

Durante aquella temporada 2005-2006 en la localidad de Vila-real se respiraba un ambiente de confianza, sus calles ponían de manifiesto que el fútbol puede marcar el ritmo de una ciudad. Durante la temporada anterior, el Villarreal, un equipo que había acumulado menos de 10 años en la máxima competición nacional, se había clasificado para jugar la máxima competición europea. “La il.lusió de tot un poble”, como clama el himno del club, se vivía a pie de calle.

Pero esa ilusión no sólo se evidenciaba en la localidad castellonense, el Villarreal era la revelación de la liga española, su estilo de juego traspasaba fronteras, y es que gran parte de las figuras de aquella plantilla histórica provenían del cono sur de la América Latina. Incluso a día de hoy, 14 años más tarde, no es extraño encontrar argentinos o uruguayos que recuerdan aquel equipo con un cariño y una nostalgia que invita a pensar que de verdad sentían el Villarreal C.F. tanto como los propios aficionados locales. Los Forlán, Arruabarrena, Viera, Sorín o Lucho Figueroa, entre muchos otros, estaban viralizando al Submarino amarillo en sus países natales.

“El Ingeniero” Pellegrini había diseñado una plantilla bárbara, plagada de jugadores con el hambre y la frescura necesaria para revolucionar un club, y lo mejor de todo es que estaban bajo la varita de uno de los más finos directores de orquesta que ha visto la liga española. Juan Román Riquelme era el líder indiscutible de aquel proyecto. Llegado de Barcelona en la 2003-2004, y criado en una de las más fructíferas canteras del fútbol mundial, la de Argentinos Juniors, conocida como “el semillero del mundo”, en Vila-real había sacado el violín para con su música hacer bailar a su equipo al ritmo que a él le parecía el conveniente para cada partido.

La comunión que se vivía aquella temporada entre afición y jugadores era indescriptible, tanto que no era extraño ver al mismo Riquelme, que vivía en un apartamento en el centro de la ciudad, caminando hacia el Madrigal unas horas antes de un partido mientras charlaba con los aficionados que iba encontrando a su paso hacia el estadio. Una de esas tantas actitudes en el fútbol anterior a “los 2010’s” que nuestras futuras generaciones, seguramente, nunca puedan llegar a entender.

La Liga de Campeones en aquella temporada era un objetivo desmedido, hacer un buen papel para un club debutante no era más que una utopía, pero… ¿quién le iba a negar a un equipo con esa proyección el sueño de competir con los más grandes en su primera Champions League? Es como decirle a un niño de 6 años que no va a llegar a ser futbolista, porque solo llega uno entre un millón, porque siempre va haber alguien mejor que él… Lo más probable es que sea cierto pero ningún padre, por mucho que lo intente, es capaz de quitarle esa ilusión a su hijo. Así era aquel Villarreal, un equipo con la moral por las nubes y con la ingenuidad de un niño que acababa de llegar a la “élite”.

En el sorteo quedó un grupo complicado. El Manchester United de los buenos tiempos, con Van der Saar, Scholes, Nani y un joven Cristiano Ronaldo que por aquellos años ya era la mayor promesa de Europa. Los otros rivales eran Benfica y Lille, dos de los equipos más fuertes de sus respectivos bombos.

El destino iba a querer que en la primera aparición del Villarreal en Champions el Madrigal iba a recibir al “coco” del grupo, el Manchester United. Recuerdo perfectamente aquel partido porque iba a tener la suerte de que, tras un sorteo realizado entre todos los niños poseedores de un abono de temporada 2005-2006, yo iba a salir por aquel túnel de vestuarios de la mano de un joven Gabi Heinze que daba la sensación de que iba a jugar una pachanga de entrenamiento. Aquel partido, entre un aspirante real a llegar a la final de París y, seguramente, la que se presentaba como “cenicienta” del grupo terminaría en tablas a 0.

 

 

Unos meses más tarde, y contra todo pronóstico, el Villarreal acabaría su primera fase de grupos como líder mientras que los Red Devils quedaban relegados a la cuarta plaza.

El equipo revelación pasaba a la fase final de la Champions gracias al descaro del que no tiene nada que perder porque solamente con la hazaña de llevar el himno de la Champions al Madrigal ya se consideraban ganadores. Esa confianza hacía imparable a aquel Villarreal que iba apartando con relativa facilidad a todos los rivales que se cruzaban en su camino, un camino hacia ni siquiera ellos sabían dónde. Aquel equipo simplemente disfrutaba y hacía disfrutar de su fútbol a los aficionados, imaginando que aquel sueño se podía alargar como un chicle hasta que éste ya no diera más de sí. Así cayó el Glasgow Rangers en octavos y así se plantaron sin ni siquiera imaginarlo en los cuartos de final de la Liga de Campeones 2005-2006.

En una época en la que la capital del futbol mundial parecía establecerse en la región de la Lombardía italiana, aquellos tiempos en los que los “Derby’s de la Madonnina” eran mucho más mediáticos que en la actualidad y los Inter vs AC Milan eran auténticas batallas a fuego, al Villarreal le tocaría enfrentarse a figuras de la talla de Verón, Recoba, Zanetti, Materazzi, Figo o Martins. Con una estrella por encima de todos ellos, “El Emperador” Adriano. Ese Inter de Milán que todos hubiéramos escogido para jugar una partida del PES5 en la PlayStation 2 tendría la faena de parar los pies a aquel “niño” que se había colado a jugar en el patio de los mayores.

Tras un partido intensísimo en San Siro, que terminaría con 2-1 en el marcador, el Madrigal acogería su mayor cita hasta la época. Una afición entregadísima que no solo contaba con los 20.000 locales que se reunían en la grada aquel día, el Villarreal iba levantando cada vez más simpatía entre los aficionados al fútbol españoles y su buen trato de balón enamoraba a media Europa. Todos ellos estaban enganchados a la televisión aquel 4 de abril de 2006.

El Inter partía como claro favorito, pero sólo bastaron 10 minutos de la primera parte para que, desde la banda, Roberto Mancini tuviera claro que esa noche se iba a sufrir, y mucho. La principal referencia ofensiva de aquel todopoderoso Inter, el brasileño Adriano, quedó totalmente anulado por la pareja formada por Quique Álvarez y Juan Manuel Peña. El Villarreal jugaba alegre, fiel al estilo que le había llevado hasta aquella oportunidad única y, para suerte de los visitantes, la primera mitad terminó sin goles.

En la reanudación el equipo local siguió sometiendo sin descanso al Internazionale con un Juan Pablo Sorín inspiradísimo en cada acción en la que participaba y con el derroche de magia del Juan Román Riquelme de las grandes noches. Precisamente, sería este último quien, en el minuto 58, pondría un balón exquisito al corazón del área visitante. Por allí aparecería “el Vasco” Arruabarrena que con el último pelo de su cabeza peinaba la rosca de Román y sobrepasaba la salida en falso de Toldo. El Inter iba a caer eliminado y lo único que destacaría del cuadro “neoazzurro” hasta el final del encuentro serían los codos afilados del rocoso Materazzi, que eran reflejo de la impotencia de un Goliat del futbol mundial que había visto como el imprudente Villarreal le había dado un baile hasta dejarlos mareados para entonces clavarles la estocada final.

El Madrigal enloqueció. Y con el Madrigal también todo el fútbol español. Los medios se hacían eco de aquella proeza. Con su pase a las semifinales de la máxima competición europea el Villareal de la temporada 2005-2006 se había convertido en el mejor debutante en la historia de la Champions League.

 

 

En abril de 2006 la élite del futbol mundial se componía de los 4 mejores equipos de Europa en aquel momento. Acompañando a los imponentes Barça, Milán y Arsenal se había colado, una ronda más, el revolucionario Villarreal.

Volvamos al principio, al retrato de una ciudad que, como os he contado, no cabía en orgullo por su equipo de fútbol. Allí 2.000 aficionados del Villarreal tiraban de ahorros y compraban su billete a Londres para ver un partido que, ellos mismos sabían, podía no volverse a repetir nunca. El Villarreal se había visto emparejado con el Arsenal de Thierry Henry, Robert Pires y un tan joven como desequilibrante José Antonio Reyes. Todos ellos bajo las instrucciones de una de las más respetadas figuras del futbol inglés, el francés Arsène Wenger. La ida en el mítico Highbury Park dejaría un resultado negativo pero esperanzador para los debutantes. El marcador se quedaba en un 1-0 a favor del Arsenal con un gol de Kolo Toure casi al borde de la primera parte.

Aquella semana la ciudad de Vila-real se paralizó por completo, cualquiera que hubiera visitado la localidad durante aquellos días hubiera pensado que la gente que allí vivía no le importaba nada más que el fútbol. Y no se hubiera equivocado, lo cierto es que no había una persona en Vila-real que no estuviera contando los días para que llegara aquel 25 de abril. Niños, niñas, ancianos, jóvenes, aficionados y detractores, gente que no había prestado atención al fútbol en su vida, todos ellos se movilizaron por el orgullo de su pueblo. Fue uno de esos momentos que explica una idea que muchos defendemos a ultranza: El verdadero sentido del fútbol va mucho más allá del de un deporte que enfrenta 11 contra 11 con un balón de por medio.

 

EL PARTIDO

Y después de la cuenta atrás llegaba el día, las calles de Vila-real eran una fiesta. A mucha gente seguramente le daba igual el resultado final pero el simple hecho de que los focos del fútbol mundial se pusieran sobre su localidad era motivo de celebración y una experiencia que, los que habían seguido a aquel equipo vagando entre ligas regionales y 3a División, nunca podrían haber imaginado vivir.

Sobre las 20.00 de la tarde de aquel 25 de abril de 2006 se conocían dos alineaciones que se convertirían en históricas. Manuel Pellegrini dibujaba un 4-4-2 con Barbosa en portería. Javi Venta, Quique Álvarez, Peña, Arruabarrena en defensa. Josico, Senna, Sorín en el mediocampo con Forlán y Guille Franco en la delantera. Cómo de costumbre, libertad para Riquelme, a quien era imposible atribuirle una posición fija en la cancha. Estos eran, como diría Michael Robinson durante la retransmisión, “los 11 gladiadores amarillos” que tendrían la oportunidad de escribir un nuevo capítulo de oro en la historia del club.

En un estadio lleno hasta la bandera todavía se podían leer pancartas de algunos aficionados que, orgullosos, clamaban “Som de Primera” cuando su equipo no sólo estaba en Primera División, sino que, en aquel momento, era la envidia de cualquier club europeo por estar a un paso de ganar un billete para la gran final de París.

Suena el himno de la Champions y los jugadores del Arsenal pasan en fila a dar la mano a los 11 “gladiadores”. En la retransmisión, un exaltado Carlos Martínez grita: “¡Cómo me gusta que sea Riquelme el último jugador al que dan la mano!” en algo así como una premonición de que el devenir de aquella noche mágica iba a pasar por las manos del argentino.

En la primera parte el Arsenal se hizo pequeñísimo, la pareja de centrales volvió a echar el cerrojo y, como ya hicieran con Adriano en los cuartos de final, minimizaron hasta el absurdo a Thierry Henry, toda una estrella de aquella generación. El Villarreal era un huracán. La afición “grogueta” vibraba mientras los miles de “Gunners” situados en la grada visitante sufrían el vendaval al que estaban siendo sometidos sus jugadores.

En la segunda parte el Villarreal iba a poner la última marcha para morir con todo. Dos cabezazos del Guille Franco y un gol anulado al mexicano hacían temblar a todo el conjunto londinense, parecía que era cuestión de tiempo que el Submarino Amarillo abriera el marcador para forzar la prórroga. Pero pasado el minuto 80, y después de haber puesto contra las cuerdas a la defensa infranqueable del Arsenal, esa defensa que hacía 10 partidos que no recibía un solo gol, parecía que empezaba a perder fuelle.

Creo que nunca olvidaré aquellos últimos minutos. Yo, un niño de 10 años, estaba sentado junto a mi padre, como de costumbre, en el Fondo Norte del estadio. Aquella noche formulé una vez más la pregunta que siempre hacía a mi padre cuando las cosas se ponían feas en el Madrigal: Papá, ¿cuántas ocasiones crees que nos quedan? Mi padre, al que yo tenía como una especie de adivino, me contestó: “Nos queda una, mínimo. Si la metemos ganamos el partido”.

 

EL PENALTI

Minuto 88, aquellos 11 “gladiadores” ya frustrados y con las fuerzas justas veían como se escurría de sus manos el sueño de toda una ciudad. Pero entonces, Juan Pablo Sorín, uno de los principales embajadores del submarino amarillo en Argentina, metía un balón desesperado al área, en la que todos sabían iba a ser una de las últimas oportunidades que aquel equipo iba a tener esa noche. Un joven Clichy, preso por los nervios que debe provocar jugar los últimos minutos de una semifinal europea, no acierta en el rechace y antes de que pueda enmendar su error, el astuto Jose Mari, que había entrado al terreno de juego durante la 2a mitad, se anticipa al francés para ser arrollado dentro del área.

Allí estaba, como había vaticinado mi padre, ante nuestros ojos, los ojos de las 24.000 personas que allí se encontraban y los de las miles y miles de personas que seguían aquella semifinal desde todo el mundo. Valentin Ivanov lo señala. Es penalti. Después de un par de segundos de silencio sepulcral El Madrigal explota. La gente no sabe ni qué hacer. En la televisión, una de las más reconocidas parejas de la historia del periodismo deportivo español, esa formada por Carlos Martínez y Michael Robinson, se desgallita de alegría. El milagro había ocurrido, después de 87 minutos de constancia, moral y fe el Villarreal estaba ante la oportunidad de su vida. Mi padre, como siempre para mí, había acertado.

Después de la locura colectiva, toda una ciudad empieza a sudar frío. Allí todavía no se había conseguido nada, ese penalti se tenía que convertir en gol. Acto seguido todas las miradas se pusieron sobre Él. Riquelme, el mismo que había esperado a todos los jugadores del Arsenal al final de la fila para darles la mano, iba a ser, como no podía ser de otra manera, el encargado de asumir la responsabilidad. Juan Román, “el hombre que nació en un iglú”, el tipo más tranquilo que el mundo del fútbol haya conocido besó la pelota en una imagen que quedará para la historia del fútbol y la plantó sobre el punto de penalti. La presión allí era inimaginable, todos hubiéramos querido patear aquel penalti, aunque a la hora de la verdad muy pocos nos hubiéramos atrevido.

 

 

Aquel momento fue algo parecido a ese instante justo antes de morir en el que, según dicen, te pasa toda tu vida por delante. Todos vimos pasar aquella maravillosa temporada 2005-2006 ante nuestros ojos. Al protagonista seguramente le vendría a la mente, entre otras cosas, el cruel rechazo sufrido por parte de un F.C. Barcelona del que seguramente se iba a poder vengar si convertía aquella pena máxima. “El Último 10” tomó siete metros de carrera y todo El Madrigal contuvo la respiración. Pareció que toda la frescura y el hambre insaciable de aquel revolucionario Villarreal se derritió en la carrera de Riquelme hasta el punto de penalti. Flojo, inocente y sin fe. Lehmann venció hacia su izquierda y paró aquel balón manso cuyo rechace ganó la zaga del Arsenal ante la incredulidad de todos los allí presentes. Aquel torpedo de realidad hundió al Submarino. Cuánto había costado llegar hasta allí y que rápido se esfumaba la ilusión…

 

 

Riquelme pone cara de no entender nada y el presidente Fernando Roig rompe a llorar desconsolado como la mayoría de los allí presentes. El Villarreal vaga por el campo muerto en vida. Sólo se escuchan los cánticos que, los pocos aficionados a los que les queda algo de aliento, dedican a su estrella. El árbitro pita y sentencia uno de los partidos más crueles vistos hasta la época. Jugadores, afición y directiva lloran desconsolados. Impotentes, pero no decepcionados porque aquel equipo había muerto de pie, con sus valores a cuestas y fiel a su manera de entender el fútbol hasta el minuto 93. Aquella gesta convertía a los jugadores amarillos en mártires de una época y por ello recibirían, entre lágrimas, una de las mayores ovaciones que se ha visto en el estadio de El Madrigal.

 

EL LEGADO

Durante las semanas posteriores a aquel partido la ciudad de Vila-real parecía estar de luto oficial. El sueño les había elevado tan alto que les iba a costar asimilar aquella caída. Habían estado tan cerca. Todavía restaban 4 partidos de La Liga 2005-2006 y, aún bajo ese clima de derrotismo, el Villarreal conseguía encadenar 2 victorias y 2 empates para asegurarse la 7a plaza en liga. Pero esa no era, seguramente, la principal preocupación de la afición.

“Yo no maté a nadie, sólo erré un penal…” El líder estaba muy tocado, Riquelme estaba totalmente superado por la situación que le estaba tocando afrontar. Conscientes de ello, unos días más tarde de aquel fatídico penalti y justo enfrente del edificio en el que vivía el argentino con su familia, un grupo de hinchas colocaban una enorme pancarta en la que se podía leer “GRANDE ROMAN”.

Como era lógico, la afición amarilla no tenía ningún tipo de rencor hacia su estrella sino todo lo contrario. En aquel momento solo había palabras de agradecimiento y admiración para él, por haber dirigido al submarino hasta aquella cita histórica.

Pero, como siguiendo la estela de su compatriota y amigo Diego Armando Maradona en su amada Nápoles, a Román se le apagaba la luz. Hizo un buen mundial aquel verano, pero en su vuelta a España nada sería igual. Su música ya no transmitía la misma alegría, El Madrigal traía demasiados recuerdos tristes y en el mercado de invierno el argentino buscó refugio en sus raíces, como hace cualquier ser humano ante una crisis emocional. Aquello fue seguramente una muestra de respeto hacia sí mismo y hacia la ciudad que le había hecho sentir como en casa. El paso a un lado de la leyenda que sabe que no va a poder mejorar lo ya demostrado.

Juan Román Riquelme dejó en herencia su varita mágica a tres emblemas del submarino amarillo. Marcos Senna, Santi Cazorla o Bruno Soriano tomaron ese rol durante los años en los que “El Último 10” dejaba sus últimos destellos de clase en su país natal, entre Boca y Argentinos Juniors respectivamente hasta su retirada profesional en enero de 2015.

Desde aquel 25 de abril de 2006 hasta el día de hoy el Villarreal ha conseguido establecerse como uno de los clubs más sólidos de la Primera División española, logrando un subcampeonato de Liga en la 2007-2008 y, aunque con un rocambolesco descenso en 2012, el submarino ha vuelto a jugar habitualmente competiciones europeas. Sin embargo, aún con el buen hacer de su equipo, la ciudad de Vila-real tiene una espina clavada que le será muy difícil de sacar.

Seguramente muchos piensen que aquel Villarreal mereció haber llegado a la gran final de París. Es cierto que aquello hubiera sido la guinda en la carrera europea de la pareja Riquelme-Forlán. Un homenaje al fútbol de toque que tanto se pondría de moda en la posterior década de “los 2010’s”.

Puede que en Vila-real no se vuelva a ver nada igual, de hecho, lo más probable es que así sea. Seguramente aquella generación fue algo así como el cometa Halley, que pasa una vez cada 75 años, con suerte. Una de esas ocasiones en las que se alinean todos los astros y algo mágico sucede. Astros españoles, argentinos, uruguayos, brasileños. Astros veteranos y astros jóvenes alineados con una afición entregada que enamoró a todo romántico del balompié.

14 años después, “la ilusión de todo un pueblo” sigue latente. El equipo de fútbol local sigue marcando el ritmo de vida de esa ciudad que mira nostálgica al pasado con la esperanza de volver a vivir una noche tan mágica como la de aquel 25 de abril.

Porque de la ilusión también se vive. Porque no sólo pasan a la historia los finales felices y porque el fútbol todavía le debe al Villarreal una final europea.

 

 

Imágenes por: Alejandro Rodríguez Castelló (Revista POBLE, Marca, Agencia EFE y arsenalpics.com)